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uanita, con su cantarillo de leche, bien puesto a la cabeza sobre el cojinete, pensaba llegar sin obstáculo a la ciudad. ¿Quién no se hace ilusiones? ¿Quién no construye castillos en el aire? Todos, desde el soberbio Piro hasta la Lechera; todos, lo mismo los sabios que los locos. Soñamos despiertos, y no hay nada más agradable; halagadoras fantasías se apoderan de nuestra alma; todos los bienes del mundo son nuestros entonces: riquezas, honores. Cuando estoy a mis solas, soy tan valiente que desafío al más bravo, y voy a destronar al Sultán de Persia. Elígenme rey; mi pueblo adora en mí; llueven coronas sobre mis sienes. Pero, a lo mejor, cualquier accidente me vuelve a la realidad, y soy un pobre Juan lo mismo que antes
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